Una breve historia de amor

Supongo que alguien más normal que yo en mi situación habría huido, pero a mí, el ansia de descubrir a una persona y las ganas de calor humano me atraían sobremanera.

 La de aquél día era nuestra tercera cita y yo ya le había comunicado mis intenciones: seguir viéndola. No sin antes aclarar que no buscaba nada serio y que cualquier gesto, caricia o beso que yo concediese no sería más que una mera representación. Ella reaccionó bien al anuncio, aunque luego durante el resto de la tarde la noté un poco menos alegre y más distante que de costumbre. Supongo que aquella ratificación de lo ya antes comentado el otro día no la causó más que un vacío momentáneo, por unos minutos, que al cabo del rato se le terminó por olvidar. Caminamos hasta la boca de Metro y entramos, despacio, como a cámara lenta, y dentro nos besamos hasta que llegó el tren. En el vagón tuvo alguna conversación en italiano con su familia y mientras yo miraba al otro lado avisté a un borracho que daba vueltas agarrado de la barandilla. “Loco”, pensé, y salimos del Metro.

La acompañé hasta la calle y volvimos a besarnos. Ahí sí que nos devoramos, nos chupamos la saliva el uno al otro mientras la calle se disolvía a los lados y las personas, coches y farolas se convertían en espectadores privilegiados de una historia casual, afortunada y peligrosa a la vez; en la que yo era el protagonista, secundado por una bella mujer y donde la ciudad era el resto del reparto, los personajes secundarios. Madrid.

A Madrid le sienta bien el invierno. Las hojas secas en el suelo de la Avenida Complutense, las puestas de sol desde el Templo de Debod, el frío helado que recorre Moncloa hasta Gran Vía… Es una ciudad distinta al resto, con ese halo que la protege y a la vez encanta día y noche, además de sus calles y esquinas; en las que encontrarse perdido una y otra vez caminando distraído en una cara bonita y en un cuerpo perfecto se comenzó a volver habitual durante cada tarde de diciembre. Y es que en verdad, ella era como Madrid. Aunque la Toscana quedase lejos y sus ojos reflejasen mil noches sobre el cielo de Florencia, sus manos y su pelo me embrujaban como lo haría cualquier recoveco de la ciudad, al igual que el Metrópoli o la Puerta del Sol.

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El día 27

Hoy 27 de algún mes que no recuerdo desayuné enfrente de ti en aquella cafetería de la que ya no recuerdo el nombre. Tras los cristales, multitudes se amontonaban en la calle empuñando varas de metal y pancartas, y el sonido de los megáfonos llamando a la revolución inundaba cada rincón de Madrid. Hoy 27 de una semana que no sé cuál es, me di cuenta por primera vez de que tus ojos encendían dentro de mi un fuego inmenso, casi de colapso o de terremoto entre ciudades. El Congreso, la Plaza de España, la Puerta del Sol… ya nada me volvió a importar tanto como aquellos dos puntos negros que se clavaban en mi cabeza una y otra vez, repitiendo aquello de “Otro mundo es posible”. Hoy 27 de una tarde que no sé si es ya noche, te lanzaba miradas a escondidas tras aquellas gafas de sol, suplicando porque no me descubrieras. Los altavoces de la policía se hacían sonar por toda la ciudad y el estado de revuelta nos había llevado hasta aquella vigilia permanente, en la arteria de Madrid donde te conocí y me olvidé del resto. Hoy 27 de un año imaginario, yo soñaba con que estuvieras gritando, con todos los compañeros, eso de “Revolución o muerte”, pero los acontecimientos inciertos de tu destino hicieron que nos viéramos en otro momento, en distinta situación. Hoy 27 de un invierno absurdo y estéril, falso e hipócrita por momentos, te tuve ante mí con la seguridad que da la presencia de la llama de la revolución, o del despertar de un sueño. El mundo se desarrollaba como una vorágine a nuestro alrededor y tu voz me inundaba como una idea se apropia del inventor que la sueña. Hoy 27 de algún día que no recuerdo supe que te besaba, y las arengas encendidas de la multitud descansaban por fin como un mal sueño se olvida en una noche de verano, lenta y seca.

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REVOLUCIÓN

Hoy la vida se levantó deprisa. En la ventana se dibujaba una sonrisa que el sol se encargó de fotografiar y guardar en el álbum de “utopías”.

Hoy, tú hablabas de “cambio” en la cafetería de la facultad y yo, como tonto por tus ojos y tu manera de silbar con las palabras, asentía con la cabeza. La luz entraba a borbotones a través de los cristales. El césped ardía de ganas. Los pájaros no cantaban melodía alguna. Hoy la tarde apareció de súbito, como un sueño a medio soñar. La Revolución estallaba afuera y los pasos alborotados de la primavera se hacían oír desde kilómetros a la redonda. Tú me hablabas de curiosidad, y de misterio, y de esperanza. Y entonces yo, poseído por tu pelo y por tus ojos, por tus dientes de luna y tus manos de caramelo, salté. Salté al vacío y casi me muero al caer sin ti.

Hoy la vida se acostó tranquila, sabiendo que ya nada volvería a ser lo que era.

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Tiempos de transición

Vivimos tiempos de transición. Nuestros abuelos vivieron el paso de la sociedad clientelista a la sociedad industrial.
Nuestros padres, de la sociedad industrial a la sociedad globalizada.
Y nosotros, vivimos el paso de la sociedad globalizada a la sociedad caciquil, o clientelista.

Me pregunto, ¿es que a nadie le importa? ¿o es que todo el mundo es tan sumamente gilipollas que le importa un carajo su futuro y el futuro de los suyos? Nos encaminamos al esclavismo, a la sociedad del “yo tengo y tú no”, a la sociedad en la que los ricos siempre ganan, a la extinción de la clase media. Vamos directos a un mundo nuevo, por conocer, que no va a ser, me temo, nada cómodo. Seguirán hablando de libertad, y de derechos. Seguirán “velando por tu seguridad” y recomendándote qué es bueno y qué no… salvo que esta vez, no podrás elegir. Impondrán sus leyes, te obligarán a ser lo que quieran que seas. Formarás parte del Sistema, pero serás prescindible, así que si ya has cumplido tu función o, directamente, no eres productivo; ya no formarás parte del Sistema. Las universidades se privatizarán, estudiarán los hijos de las élites, (¿para qué?) para seguir perpetuando “su” Sistema. El trabajo no será un derecho, sino una obligación y el resto de derechos fundamentales, probablemente, sean eliminados.
El mundo que conocemos dejará de ser accesible para el ciudadano de a pie, y se convertirá en un tablero donde sólo los más pudientes podrán ser capaces de disfrutarlo. Mientras tanto, a la juventud se nos distrae con drogas, discotecas, leyes antibotellón y botellones. Absorbentes smartphones, videoconsolas del futuro y televisión. Mucha televisión.

La clase media desaparece, tantísimos siglos, tantísimos años en la Historia Universal plagados de luchas entre la burguesía y el proletariado, para que ahora, el Sistema del Capital lo suprima todo de un plumazo. Y es que eso es lo peor de todo, que esta falsa democracia impuesta por las élites, impuesta por los mismos señores feudales ahora reconvertidos, impuesta por los grandes prestamistas ahora reconvertidos e impuesta por los mismos dictadores ahora reconvertidos en políticos; es tan atractiva, tan embelesadora y tan adormecedora que no tiene precedentes en la Historia. Milton Friedman y los demás padres del Neoliberalismo idearon un Sistema casi total, pero se les olvidó contar con un factor: la conciencia humana.

Por eso, si no queremos que el mundo que hoy conocemos se vuelva más obtuso, más corrupto, más insalvable, más injusto y más polarizado de lo que es ya de por sí, deberíamos organizarnos, al margen de ideologías y prejuicios, y emprender la lucha lo más rápidamente posible que podamos.

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REFLEXIÓN 6

Había gente que vivía acorde a sí misma, acorde a un esquema mental, a unos gustos creados, a unos colores determinados, a unos patrones establecidos. La gente, la gente… la gente era el mundo, y yo era una persona dentro de ese mundo, por tanto todo era mentira, todos mis gustos, mis creaciones, mis colores, mis tardes e incluso mis sueños eran parte suya. Pertenecían “a él”, al mal llamado mundo o tierra que me despojó de mi dignidad como persona, como humano… y lo que es peor, que te quitó para siempre la capacidad de creer en lo imposible. De creer en lo desconocido.

A ti, que aun sueñas.

“Es necesario que gritemos todos a la vez y sin vacilar, de tal forma que tiemble el suelo y el cielo se estremezca, para demostrarles que estamos aquí, que nuestro corazón no es de asfalto como ellos creen”.

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REFLEXIÓN 5 (NOVIEMBRE)

Noviembre me buscaba noche tras noche debajo del cristal del cielo. Sólo porque mi vida era un río eléctrico de leche y estrellas, sólo porque el aire se volvía fuego al salir de mi nariz, sólo porque me escocía en la frente una herida provocada en el verano… sólo por eso bajé a ver a noviembre.

Amaneció triste y gris, aunque nubes azules se encargaban de que el color del cielo no pareciera un sollozo constante. Los árboles saludaban al vacío, las aves hacían nidos huecos en sus ramas y en todas las aceras había escrita la palabra NOVIEMBRE. “¿Esto es noviembre?” me pregunté mientras seguía caminando, ávido de alguna muestra de vida o de naturaleza caliente. Conforme pasaba el día, las aceras mudaban su piel y se podían ir divisando los colores del invierno, aún demasiado impetuoso y joven como para irrumpir a través del cristal que separaba lo mundano de lo divino.

Alegría, buscaba, alegría y vida, esbozos de algún resto de hoja o de fruto dulce, quizá algún atisbo de la llama de la revolución, o tal vez el tintineo suave del aire en los fragores de la primavera. De un lado para otro, mientras el día se consumía y el tic-tac del tiempo se iba acostumbrando cada vez más a aquella oscuridad entre tenue y viscosa, mientras que en las calles el frío se encargaba de trabajar para la muerte y el sol hacía semanas que había emigrado, de repente creí ver a noviembre en todo su esplendor.

Delgado y mustio, con barba blanca hasta la cintura y con un gran abrigo de visón a franjas negras y marrones, alzó su mano y mi aliento se congeló. Mis hombros cayeron al vacío, en mi cabeza sonó un ¡BANG! y mis manos desaparecieron entre la tormenta de nieve que acababa de irrumpir en mi habitación.

Noviembre intentó ahogarme después de una desgarradora vorágine de hielo mezclado con nieve y de diez mil lanzamientos de carámbanos helados directos al corazón.

Quizá sea un mes más frío de lo habitual.

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GRFTX!

Parece que a veces, este irrisorio sueño en el que acostumbramos a vivir se vuelve denso y candente mientras la realidad se torna diminuta, fragmentándose en mil porciones, al igual que un caleidoscopio. Otras no nos damos cuenta del camino que seguimos, y es cuando tenemos un problema, habiendo de mirar atrás para recuperar la senda perdida. Y digo que tenemos un problema porque perdemos el rumbo, la noción, el sentido de las cosas… y la realidad que apreciamos, esta vez se vuelve inmensa ante nuestra cabeza, empujándonos a un estado de desidia o hastío; que hace que nos empotremos una y otra vez más contra la pared del caleidoscopio.

Es curioso observar a diario a zancudos fantoches, a magos mancos y sin sombrero, a viejos del Monopoly preocupados o a timadores de guante blanco como partes indispensables de esta realidad, correspondidos por el resto del reparto circense contenido en la otra realidad (la televisión) tales como arlequines, ilusionistas, mujeres barbudas, domadores, trapecistas de palo o incluso payasos del llanto, acechando y cercando nuestras vidas de manera casi unísona al son de un mismo patrón o elemento: el Sistema.

Y es que vivimos en un mundo roto por la alergia a lo natural y a lo correcto, roto por las bolsas y el papel tintado, obstruido en sus entrañas por una justicia corrupta, encadenado al desconsuelo y a la envidia, tergiversado por unos aparatos mecánicos y repetitivos y comprado por un dueño. O por varios.

Aún estamos a tiempo de alzar la voz contra lo que se avecina… Cada vez queda menos. Y cada minuto que pase, es un minuto menos que tenemos, y uno más que ellos ganan.

NO AL NWO.

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