REFLEXIÓN 2

Lo estúpido de todo este asunto es que ni yo mismo sabía como iba a acabar. Normalmente procuro y habitúo tener el control sobre mi vida o mis acciones, sé lo que hacer, decir o cómo actuar ante tal o cual acontecimiento. También, y casi que lo asumo como una capacidad innata, puedo leer la mente de los demás, anticiparme a lo que piensan o sienten, aventurar sus reacciones o deseos y complacerles con la palabra idónea o la frase adecuada. Lo peor ya había pasado, me repetía una y otra vez a mi mismo mientras lloraba por dentro o mi estómago se contraía; pero quizás esta vez, y tras mi aparente estado de sosiego inicial, todo había ido mal o cuesta abajo en el plazo de una semana, y me costaba casi la vida dar un paso más. Quizás esta vez, era ella la que tenía el control y no yo, pero por suerte aquella noche estaba decidido a cambiar eso. Me encontraba sentado delante de mi escritorio, escribiendo frases bonitas, limpias, fonéticamente precisas, eufónicas por naturaleza, por lo que determiné sacar todo lo que me corroía por dentro hasta el papel e inventar un circuito de salida. Sólo de salida.

” A veces, cuando el corazón es tan grande que se sale del pecho y la pena supera al mismísimo Universo, tienes que improvisar”.

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