UN WAKKARU PERSONAL

Dean encontró su banco favorito libre, así que se sintió afortunado por unos instantes y enseguida se sentó a contemplar el lago. Atardecía sobre Ushi, y las pocas nubes que había en el cielo se encargaban de formar una línea perfecta sobre el horizonte, a medida que el sol se iba poniendo. Había cerezos florecidos y cerezos que florecerían en las próximas semanas, dejando en el aire un ligero dulzor que recordaba a la más temprana primavera. La hierba estaba húmeda. El camino de piedras que llevaba a la orilla parecía serpear más que nunca. Dean se estremeció cuando su mirada se cruzó con el inmenso lago Wakkaru, y este pareció devolverle su gesto haciendo más ondas de lo normal. El paisaje tenía un tono anaranjado, interrumpido por un gran espacio central azul, cristalino. Había pocos pájaros a causa de las últimas migraciones hacia el oeste y los árboles daban sombra en un perímetro de cinco metros alrededor del lago. Dean inspiró profundamente y pensó en un primer momento en la inmensidad del Wakkaru, en su desembocadura y en su pureza, en lo que se había convertido ese lago para él, evitando las sesiones de psicoanálisis dos o tres veces por semana y devolviéndole la fe, la conciencia de seguir vivo. Después se perdió en su mente, y delante del lago vio todo aquello que había marcado su vida de una u otra forma: aquél colegio, aquél profesor bastardo, la forma de dar besos de su madre, la molesta (pero intencionada) pasividad de su padre, los amigos de su juventud, la marihuana, las chicas, las putas del Horny’s, el cáncer en el pulmón, las fiestas sin fin de la universidad, la música de Bob Dylan, los atardeceres rojos, el viaje a la India, la defunción de Marla… Los ojos se le llenaron de lágrimas y estalló a llorar, preguntándose el por qué de su vida en un mundo polarizado por la casuística y la arbitrariedad, por el bien y el mal, por los ricos y los pobres, por lo medianamente justo y lo injusto, por la suerte y la desgracia…

“Al fin y al cabo vivo” solía decirse Dean cuando se levantaba del banco y echaba a caminar colina arriba, hacia el barrio artesano de Ushi. Los psicoanalistas japoneses cobraban de media cinco mil yenes la hora, y Dean no estaba por la labor de gastar más dinero después de la compra del nuevo coche deportivo.

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