REFLEXIÓN 4 (SEPTIEMBRE)

Septiembre pica en la nuca como el sol de una tarde lenta de verano, de esas donde el aire se hace tan pesado que cuesta respirar y el tiempo pasa a trompicones, estirando los minutos y encogiendo las horas. Las hojas secas comienzan a brotar de las aceras, y los antiguos árboles, mudos y vigorosos, ahora no son más que el frío esqueleto de un recuerdo pasado. En los montes, en las laderas, en los bosques… un manto ocre y gris cubre los últimos retazos de vida y se ríe de aquellas criaturas que osan plantarle cara, convirtiéndoles en una fotografía antigua de dos colores. Ocre y gris. O marrón y oro. O vida y muerte, esa es la máxima de la naturaleza: crear y destruir. Septiembre es un mes eléctrico, pero a la vez es un mes triste. Nuevas vidas, nuevas canciones, nuevos desengaños, nuevas simetrías… pero muertes repentinas, antiguas cantinelas, retazos del pasado y espirales de depresión ahondan más en el corazón que en ningún otro mes. Lo normal sería continuar, dejando la asfixia a un lado y las ganas de gritar al otro; pero la vida pasa tan rápido que no hay tiempo para interrogarse, sólo puedes vivir y esperar que no te mate de sobredosis.

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