Una breve historia de amor

Supongo que alguien más normal que yo en mi situación habría huido, pero a mí, el ansia de descubrir a una persona y las ganas de calor humano me atraían sobremanera.

 La de aquél día era nuestra tercera cita y yo ya le había comunicado mis intenciones: seguir viéndola. No sin antes aclarar que no buscaba nada serio y que cualquier gesto, caricia o beso que yo concediese no sería más que una mera representación. Ella reaccionó bien al anuncio, aunque luego durante el resto de la tarde la noté un poco menos alegre y más distante que de costumbre. Supongo que aquella ratificación de lo ya antes comentado el otro día no la causó más que un vacío momentáneo, por unos minutos, que al cabo del rato se le terminó por olvidar. Caminamos hasta la boca de Metro y entramos, despacio, como a cámara lenta, y dentro nos besamos hasta que llegó el tren. En el vagón tuvo alguna conversación en italiano con su familia y mientras yo miraba al otro lado avisté a un borracho que daba vueltas agarrado de la barandilla. “Loco”, pensé, y salimos del Metro.

La acompañé hasta la calle y volvimos a besarnos. Ahí sí que nos devoramos, nos chupamos la saliva el uno al otro mientras la calle se disolvía a los lados y las personas, coches y farolas se convertían en espectadores privilegiados de una historia casual, afortunada y peligrosa a la vez; en la que yo era el protagonista, secundado por una bella mujer y donde la ciudad era el resto del reparto, los personajes secundarios. Madrid.

A Madrid le sienta bien el invierno. Las hojas secas en el suelo de la Avenida Complutense, las puestas de sol desde el Templo de Debod, el frío helado que recorre Moncloa hasta Gran Vía… Es una ciudad distinta al resto, con ese halo que la protege y a la vez encanta día y noche, además de sus calles y esquinas; en las que encontrarse perdido una y otra vez caminando distraído en una cara bonita y en un cuerpo perfecto se comenzó a volver habitual durante cada tarde de diciembre. Y es que en verdad, ella era como Madrid. Aunque la Toscana quedase lejos y sus ojos reflejasen mil noches sobre el cielo de Florencia, sus manos y su pelo me embrujaban como lo haría cualquier recoveco de la ciudad, al igual que el Metrópoli o la Puerta del Sol.

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