Tiempos de transición

Vivimos tiempos de transición. Nuestros abuelos vivieron el paso de la sociedad clientelista a la sociedad industrial.
Nuestros padres, de la sociedad industrial a la sociedad globalizada.
Y nosotros, vivimos el paso de la sociedad globalizada a la sociedad caciquil, o clientelista.

Me pregunto, ¿es que a nadie le importa? ¿o es que todo el mundo es tan sumamente gilipollas que le importa un carajo su futuro y el futuro de los suyos? Nos encaminamos al esclavismo, a la sociedad del “yo tengo y tú no”, a la sociedad en la que los ricos siempre ganan, a la extinción de la clase media. Vamos directos a un mundo nuevo, por conocer, que no va a ser, me temo, nada cómodo. Seguirán hablando de libertad, y de derechos. Seguirán “velando por tu seguridad” y recomendándote qué es bueno y qué no… salvo que esta vez, no podrás elegir. Impondrán sus leyes, te obligarán a ser lo que quieran que seas. Formarás parte del Sistema, pero serás prescindible, así que si ya has cumplido tu función o, directamente, no eres productivo; ya no formarás parte del Sistema. Las universidades se privatizarán, estudiarán los hijos de las élites, (¿para qué?) para seguir perpetuando “su” Sistema. El trabajo no será un derecho, sino una obligación y el resto de derechos fundamentales, probablemente, sean eliminados.
El mundo que conocemos dejará de ser accesible para el ciudadano de a pie, y se convertirá en un tablero donde sólo los más pudientes podrán ser capaces de disfrutarlo. Mientras tanto, a la juventud se nos distrae con drogas, discotecas, leyes antibotellón y botellones. Absorbentes smartphones, videoconsolas del futuro y televisión. Mucha televisión.

La clase media desaparece, tantísimos siglos, tantísimos años en la Historia Universal plagados de luchas entre la burguesía y el proletariado, para que ahora, el Sistema del Capital lo suprima todo de un plumazo. Y es que eso es lo peor de todo, que esta falsa democracia impuesta por las élites, impuesta por los mismos señores feudales ahora reconvertidos, impuesta por los grandes prestamistas ahora reconvertidos e impuesta por los mismos dictadores ahora reconvertidos en políticos; es tan atractiva, tan embelesadora y tan adormecedora que no tiene precedentes en la Historia. Milton Friedman y los demás padres del Neoliberalismo idearon un Sistema casi total, pero se les olvidó contar con un factor: la conciencia humana.

Por eso, si no queremos que el mundo que hoy conocemos se vuelva más obtuso, más corrupto, más insalvable, más injusto y más polarizado de lo que es ya de por sí, deberíamos organizarnos, al margen de ideologías y prejuicios, y emprender la lucha lo más rápidamente posible que podamos.

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REFLEXIÓN 6

Había gente que vivía acorde a sí misma, acorde a un esquema mental, a unos gustos creados, a unos colores determinados, a unos patrones establecidos. La gente, la gente… la gente era el mundo, y yo era una persona dentro de ese mundo, por tanto todo era mentira, todos mis gustos, mis creaciones, mis colores, mis tardes e incluso mis sueños eran parte suya. Pertenecían “a él”, al mal llamado mundo o tierra que me despojó de mi dignidad como persona, como humano… y lo que es peor, que te quitó para siempre la capacidad de creer en lo imposible. De creer en lo desconocido.

A ti, que aun sueñas.

“Es necesario que gritemos todos a la vez y sin vacilar, de tal forma que tiemble el suelo y el cielo se estremezca, para demostrarles que estamos aquí, que nuestro corazón no es de asfalto como ellos creen”.

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REFLEXIÓN 5 (NOVIEMBRE)

Noviembre me buscaba noche tras noche debajo del cristal del cielo. Sólo porque mi vida era un río eléctrico de leche y estrellas, sólo porque el aire se volvía fuego al salir de mi nariz, sólo porque me escocía en la frente una herida provocada en el verano… sólo por eso bajé a ver a noviembre.

Amaneció triste y gris, aunque nubes azules se encargaban de que el color del cielo no pareciera un sollozo constante. Los árboles saludaban al vacío, las aves hacían nidos huecos en sus ramas y en todas las aceras había escrita la palabra NOVIEMBRE. “¿Esto es noviembre?” me pregunté mientras seguía caminando, ávido de alguna muestra de vida o de naturaleza caliente. Conforme pasaba el día, las aceras mudaban su piel y se podían ir divisando los colores del invierno, aún demasiado impetuoso y joven como para irrumpir a través del cristal que separaba lo mundano de lo divino.

Alegría, buscaba, alegría y vida, esbozos de algún resto de hoja o de fruto dulce, quizá algún atisbo de la llama de la revolución, o tal vez el tintineo suave del aire en los fragores de la primavera. De un lado para otro, mientras el día se consumía y el tic-tac del tiempo se iba acostumbrando cada vez más a aquella oscuridad entre tenue y viscosa, mientras que en las calles el frío se encargaba de trabajar para la muerte y el sol hacía semanas que había emigrado, de repente creí ver a noviembre en todo su esplendor.

Delgado y mustio, con barba blanca hasta la cintura y con un gran abrigo de visón a franjas negras y marrones, alzó su mano y mi aliento se congeló. Mis hombros cayeron al vacío, en mi cabeza sonó un ¡BANG! y mis manos desaparecieron entre la tormenta de nieve que acababa de irrumpir en mi habitación.

Noviembre intentó ahogarme después de una desgarradora vorágine de hielo mezclado con nieve y de diez mil lanzamientos de carámbanos helados directos al corazón.

Quizá sea un mes más frío de lo habitual.

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GRFTX!

Parece que a veces, este irrisorio sueño en el que acostumbramos a vivir se vuelve denso y candente mientras la realidad se torna diminuta, fragmentándose en mil porciones, al igual que un caleidoscopio. Otras no nos damos cuenta del camino que seguimos, y es cuando tenemos un problema, habiendo de mirar atrás para recuperar la senda perdida. Y digo que tenemos un problema porque perdemos el rumbo, la noción, el sentido de las cosas… y la realidad que apreciamos, esta vez se vuelve inmensa ante nuestra cabeza, empujándonos a un estado de desidia o hastío; que hace que nos empotremos una y otra vez más contra la pared del caleidoscopio.

Es curioso observar a diario a zancudos fantoches, a magos mancos y sin sombrero, a viejos del Monopoly preocupados o a timadores de guante blanco como partes indispensables de esta realidad, correspondidos por el resto del reparto circense contenido en la otra realidad (la televisión) tales como arlequines, ilusionistas, mujeres barbudas, domadores, trapecistas de palo o incluso payasos del llanto, acechando y cercando nuestras vidas de manera casi unísona al son de un mismo patrón o elemento: el Sistema.

Y es que vivimos en un mundo roto por la alergia a lo natural y a lo correcto, roto por las bolsas y el papel tintado, obstruido en sus entrañas por una justicia corrupta, encadenado al desconsuelo y a la envidia, tergiversado por unos aparatos mecánicos y repetitivos y comprado por un dueño. O por varios.

Aún estamos a tiempo de alzar la voz contra lo que se avecina… Cada vez queda menos. Y cada minuto que pase, es un minuto menos que tenemos, y uno más que ellos ganan.

NO AL NWO.

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A ESTAS ALTURAS

A estas alturas, yo ya no sé si creo en los milagros o en la buena voluntad de las personas. No sé si es que el mundo está montado de tal forma que el rico siempre gana y el pobre gana el 5% de las veces o menos. Tampoco sé si es que la vida se conjura para apretarte cuando más ahogado estás, casi muriéndote de mala suerte, o es que directamente las putadas y las perrerías las sufrimos todos, solo que hay gente que tiene un colchón detrás y cae en blando. No sé, sinceramente, si los políticos y los banqueros cuando se van a dormir piensan en su pueblo o en sus curritos. Quizá lo hagan el 5% de ellos. O incluso menos.

No entiendo la hipocresía en las personas, ni la mala educación, ni los malos modales. No sé por qué es tan difícil responder con un “buenos días” y una sonrisa a los demás, cuando hay países en los que es casi una obligación tener educación. No concibo las religiones, no entiendo el por qué dedicar tu vida a un dios superior, a un ente, o a una ideología concreta; que todos somos personas, humanos, disfrutemos de la vida tal y como es, sin pensar en el más allá, y en el “qué vendrá después”… Que nadie ha vuelto de allí para contarnos lo que hay, por lo que usando la lógica, digo yo que habrá que vivir día a día…

Tampoco entiendo a la mala gente, a esos que pisan la cabeza del que tienen al lado sólo por su ascenso personal, o a los que venderían hasta a su madre por un chalet en La Moraleja y un descapotable. No sé que hay de bueno en las apariencias, ni en la moda, ni en hacer caso a este Sistema en el que vivimos. No entiendo por qué comprar lo que nos dice la televisión, o los anuncios, o adquirir una determinada marca de ropa. No concibo el valor de una persona por la ropa que lleve, o por la marca que vista, o por el coche que utilice. Yo valoro a una persona por su personalidad y sus valores; y no por su apariencia o aspecto físico.

Lo que yo me pregunto es, ¿dónde quedan los valores? Quiero pensar que todo el mundo, en la sociedad en la que vivimos hoy en día, tiene unos valores propios. Más o menos buenos. Más o menos válidos. Pero unos valores, al fin y al cabo, que le hacen ser persona y pensar por sí mismo. Creo que los seres humanos, al igual que el resto de animales, estamos hechos para nacer, alimentarnos, reproducirnos y morir. Y todo lo que quede al margen de esas cuatro máximas, sobra. ¿Por qué no podemos pensar por nosotros mismos, obrar por nosotros mismos y decidir lo que es bueno o malo según nuestra condición y momento de la vida? ¿Por qué narices nos obligan a ver, sentir, llevar, vestir, creer, obrar y pensar como ellos quieren? Pues porque así nos “aplaceban”.

Nos convierten en reses de una misma granja, cebándonos con materialismo y despojándonos de nuestro lado más racional. Nos quitan de pensar y de actuar. SÓLO COMEMOS Y DORMIMOS, Y ELLOS SE BENEFICIAN A CAMBIO DE NUESTRA CRECIENTE IGNORANCIA, DIRIGIENDO AL SISTEMA.

Y es tan triste pensar que esto es verdad… mejor dicho, es tan triste pensar que hay tantísimos millones de personas que dependen del Sistema…

Si soy sincero, pienso que esto sólo podrá cambiar con el paso de muchas generaciones, pero al menos la semilla ya está plantada. Ahora sólo hay que esperar a que dé frutos y que estos caigan sobre las tierras colindantes, fertilizándolas; y que poco a poco, el mundo se vaya desperezando ante lo que se nos viene encima… Lo que yo y muchísimos llamamos NWO (Nuevo Orden Mundial), algo así como el “Sistema Madre”, vaya.

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REFLEXIÓN 4 (SEPTIEMBRE)

Septiembre pica en la nuca como el sol de una tarde lenta de verano, de esas donde el aire se hace tan pesado que cuesta respirar y el tiempo pasa a trompicones, estirando los minutos y encogiendo las horas. Las hojas secas comienzan a brotar de las aceras, y los antiguos árboles, mudos y vigorosos, ahora no son más que el frío esqueleto de un recuerdo pasado. En los montes, en las laderas, en los bosques… un manto ocre y gris cubre los últimos retazos de vida y se ríe de aquellas criaturas que osan plantarle cara, convirtiéndoles en una fotografía antigua de dos colores. Ocre y gris. O marrón y oro. O vida y muerte, esa es la máxima de la naturaleza: crear y destruir. Septiembre es un mes eléctrico, pero a la vez es un mes triste. Nuevas vidas, nuevas canciones, nuevos desengaños, nuevas simetrías… pero muertes repentinas, antiguas cantinelas, retazos del pasado y espirales de depresión ahondan más en el corazón que en ningún otro mes. Lo normal sería continuar, dejando la asfixia a un lado y las ganas de gritar al otro; pero la vida pasa tan rápido que no hay tiempo para interrogarse, sólo puedes vivir y esperar que no te mate de sobredosis.

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UN WAKKARU PERSONAL

Dean encontró su banco favorito libre, así que se sintió afortunado por unos instantes y enseguida se sentó a contemplar el lago. Atardecía sobre Ushi, y las pocas nubes que había en el cielo se encargaban de formar una línea perfecta sobre el horizonte, a medida que el sol se iba poniendo. Había cerezos florecidos y cerezos que florecerían en las próximas semanas, dejando en el aire un ligero dulzor que recordaba a la más temprana primavera. La hierba estaba húmeda. El camino de piedras que llevaba a la orilla parecía serpear más que nunca. Dean se estremeció cuando su mirada se cruzó con el inmenso lago Wakkaru, y este pareció devolverle su gesto haciendo más ondas de lo normal. El paisaje tenía un tono anaranjado, interrumpido por un gran espacio central azul, cristalino. Había pocos pájaros a causa de las últimas migraciones hacia el oeste y los árboles daban sombra en un perímetro de cinco metros alrededor del lago. Dean inspiró profundamente y pensó en un primer momento en la inmensidad del Wakkaru, en su desembocadura y en su pureza, en lo que se había convertido ese lago para él, evitando las sesiones de psicoanálisis dos o tres veces por semana y devolviéndole la fe, la conciencia de seguir vivo. Después se perdió en su mente, y delante del lago vio todo aquello que había marcado su vida de una u otra forma: aquél colegio, aquél profesor bastardo, la forma de dar besos de su madre, la molesta (pero intencionada) pasividad de su padre, los amigos de su juventud, la marihuana, las chicas, las putas del Horny’s, el cáncer en el pulmón, las fiestas sin fin de la universidad, la música de Bob Dylan, los atardeceres rojos, el viaje a la India, la defunción de Marla… Los ojos se le llenaron de lágrimas y estalló a llorar, preguntándose el por qué de su vida en un mundo polarizado por la casuística y la arbitrariedad, por el bien y el mal, por los ricos y los pobres, por lo medianamente justo y lo injusto, por la suerte y la desgracia…

“Al fin y al cabo vivo” solía decirse Dean cuando se levantaba del banco y echaba a caminar colina arriba, hacia el barrio artesano de Ushi. Los psicoanalistas japoneses cobraban de media cinco mil yenes la hora, y Dean no estaba por la labor de gastar más dinero después de la compra del nuevo coche deportivo.

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